La edad te acompaña cada vez más con arrugas y recuerdos. Recuerdos de revistas del estanco de don Urquijo. Para todas las edades. Con sabor a chicle de fresa y oráculo del día. Con el globo del chicle estampado en la boca por algún gracioso, te comprabas el cómic de Paturuzú, un indio del que decíase “macanudo”, que más o menos significaba campechano, bonachón, buenazo, abierto, extrovertido, simpático, buena gente. Rompiendo con su pluma de avestruz, los esquemas prejuiciosos de indios malos a conquistar.

Si sigo por aquí terminaré con reseñas históricas de conquistas, reconquistas, colonizaciones, etc, y la verdad que al pobre Paturuzú, eso, mucho mucho, no le importaba. Le importaban otras cosas. Patora, por ejemplo. Su hermana díscola. En un convento la habían internado. O la ataban a la pata de la cama o a rezar sus pecados. La tal Patora, les traía de cabeza porque era una apasionada del amor,  obsesionada por conseguir pareja. Su fijación en conseguir a alguien que la cortejara se había convertido en su modus vivendis. Veía un “par de pantalones” y se iba tras él. Daba igual quien fuera.

Curiosa Patora. Curiosa familia. En aquel horizonte perdido entre el ganado. Con sus principios, sus prohibiciones y sus tabúes. Pequeña muestra de civilización entre las vacas. No, sí en todos sitios se cuecen …amores

Aquella dama no era la del perrito de Chéjov, por más ruso que fuera su nombre. Aquella dama de piel clara y manos elegantes. Pelo de abundante rojizo. Porte seguro y firme. Sonrisa amplia y completa. Aparentemente. Imponente. Siempre. Te nombró y te descubrió. Rebelde y mamá te dijo.

Rebelde y mamá. Rebelde y mamá. Rebelde y mamá, repetiste una y otra vez.  Si. Siiiii. Si es que estaba claro. Clarísimo. Dos nombres. En una persona. Tú. La del reformatorio. La que no quería prestar sus lápices de colores con olor a nuevo. La de las gastadas zapatillas amarillas. La de las chuzas largas. Larguísimas. La india. La salvaje. La contestona. La desafiante. La desobediente. La que albergaba odios en su seno. Sí. Esa misma.

¿Una mamá rebelde no sujeta a normas? ¿o una rebelde que devino mamá? ¿Rebelde con o sin causa? “Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oir…” te hubiera cantado Jeanette en otra época.

A ver si entiendo…¿quisiste salir de esa rebeldía ocupando la misma posición de aquella que te generaba esos celos? Claro. Para mamá ella, mamá tú…¿algo así?

Niña, niñita. Si es que estaba hecho el daño. Reina del paraíso perdido. Te tocaba compartir. Aunque más bien lo tuyo era perder, en lugar de ir a medias.

Señora de nombre ruso. ¿Que fibras has tocado hoy?

 

Imagen extraída del espacio virtual

 

 

Y seguimos con los girasoles. Hoy día los encuentras sin cáscara. Puestos en bandeja. Bien a la vista. Preparados para el mordisco. Menos trabajosos de comer. Más higiénicos. Nada de ir tirando las cáscaras por cualquier sitio. Eso sí,  terminas antes. No, si los rituales a veces tienen ese puntito de qué sé yo…¿cómo te lo diría? De la demora, del rodeo, la impaciencia, el temor a que te no alcance el tiempo…yo qué sé.  Hoy por hoy, vas al grano directamente. Bueno. A la semilla. Del girasol. Hablábamos de eso ¿verdad?. Antes tenías que esperar que te dejaran salir, a una determinada hora, diciendo exactamente dónde ibas y con quién, para comprar las apetecibles semillitas.  Y luego, si te veían sentada comiendo las semillitas…uy, uy, uy, mira tú…desperdicio de criatura. Si sabrá doña Jorja de esto. Doña Jorja. Personaje atribulado en contabilizar tus apetencias de girasol. Y tú,  sin entender bien porqué, de repente te sentías igual que la cáscara del girasol, hecha resto.  Claro que cuando no te veían, entonces suponían … Muchos años pasaron hasta el reencuentro azaroso con doña Jorja. En su boca, el Usted para su marido. Formalismo obliga si trabajas en instituciones públicas. No vaya a ser cosa que se piense que…No, si los vientos del girasol llevan a situaciones absolutamente grotescas y patéticas cuando soplan muy fuerte. Y la descubriste exótica, sensual, seductora, chispeante, interesante…¿Y? ¿Qué? ¿Cómo se come los girasoles ahora? No. No se lo preguntaste. Eras tú la comedida ahora. Tú, con tu prurito. ¿Qué me vas a contar?  ¿Qué recién ahora caes en la cuenta que a la vejez, viruela?

 

 

My first, my last, my everything.
And the answer to all my dreams.
You’re my sun, my moon, my guiding star.
My kind of wonderful, that’s what you are

I know there’s only, only one like you.
There’s no way, they could have made two
You’re all I’m living for,
Your love I’ll keep for evermore,
You’re the first, you’re the last, my everything.

In you I’ve found so many things
A love so new only you could bring
Can’t you see if you,
You’ll make me feel this way.
You’re like a first morning dew on a brand new day.
I see so many way that I
can love you,Till the day I die.
You’re my reality, yet I’m lost in a dream.
You’re the first, the last, my everything

I know there’s only, only one like you.
There’s no way they could have made two.
Girl you’re my reality
But I’m lost in a dream
You’re the first, you’re the last, my everything 

 

 “Sir”  Barry White

the first, the last, everything

“Mientras corría hacia casa, tuve incluso el valor de irritarme con el orden social, como si tuviera la culpa de mis faltas. Me parecía que debía ser tal, que nos permitiese de vez en cuando (no siempre) hacer el amor, sin tener que temer las consecuencias, hasta con las mujeres a las que en modo alguno amamos. No había ni rastro de remordimiento en mí. Por eso, creo que éste no nace del pesar por una mala acción ya cometida, sino de ver la disposición culpable propia. La parte superior del cuerpo se inclina a mirar y juzgar a la otra parte y le parece deforme. Siente horror y ese se llama remordimiento. Tampoco en la tragedia antigua regresaba la víctima con vida y, sin embargo, el remordimiento pasaba.”

La conciencia de Zeno. Italo Svevo

 

Ay, que si el verano da para mucho…

Vaya que sí.

Pandora volvió. Abrió la caja y salieron los espíritus  inquietantes. Un dejarse ver en un instante y esfumarse. Cada vez con más frecuencia. Irían cobrando forma, tangible, visible, audible pero con karmas de intocables.

Pintura fresca. No tocar.

Puede que no salga luego. Te lo he advertido.

¿Jugamos a que tú te das órdenes a ti mismo y luego no las cumples?

Escisión del yo.  Poder, querer, desear, fantasear, hacer

Entre tú y yo, otro. Otra. Qué más da. Así  amo más. 

¿ A quién?    

 

 

 

 

El asunto. Con tantos temas que han desfilado en esta columna, creo que ha llegado el momento de que hablemos sobre esta costumbre nacional del mate, que compartimos, como tantos otros aspectos, con Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia.

En Chile la costumbre se da con más entusiasmo en la comunidad mapuche y más bien tirando al sur, donde el frío llama a compartir un mate, que calienta las manos por fuera y además al cuerpo por dentro.

Nostalgia. En la Argentina el mate es también una suerte de recuerdo de la patria cuando se está viviendo afuera. Es más que conocido el estereotipo de los que se fueron a vivir a otro país, potenciado si se van de América latina, y allá toman mate -costumbre que más que posiblemente no tenían cuando vivían aquí-, al que le suman los alfajores que les suelen llevar los que los visitan -que posiblemente comían una vez por año cuando habitaban suelo patrio y visitaban Mar del Plata-; sumado a un nostálgico frasco de dulce de leche -que jamás compraron en un supermercado de Rosario, Córdoba o Mendoza cuando vivían allí- y regularmente lo degustaron acompañando al flan que ocasionalmente pedían de postre en un restaurante.

Lo socio-político. El mate ha tenido y tiene un contenido social indiscutible, sobre todo en las oficinas públicas, donde no pude faltar un termo a la vista de quien vaya a realizar un trámite. Y si usted accede a un cargo público, sepa que conquistará el corazón de sus subalternos, ordenanzas, etcétera, si de tanto en tanto reemplaza el té o el café, por un sobrecito de mate.

Este “muchachear” también exigía que el mate fuera de rigor en las unidades básicas o comités donde se hacía política durante largas horas.

Como cuando si hizo el servicio militar y recordará esas mañanas frías en que se calentaba con un mate cocido con leche y galleta, que jamás volvería a probar en su vida al liberarse de sus obligaciones militares.

En la historia y en la geografía. Se tiene información que el mate lo han bebido los pueblos originarios americanos desde tiempos lejanos y en lugares ídem. Así, un tal Gaspar de Coligny cuenta que allá por 1562, en la región de los Apalaches, en América del Norte, había una tribu llamada “creek” que tomaban lo que él identificó como una “bebida negra”.

Y si comenzamos a bajar por la geografía americana veremos que esta infusión va a apareciendo de diversas formas en numerosos pueblos como los guaraníes; los quechuas (en cuyas sepulturas de 1000 años de antigüedad se han encontrado hojas para que utilizaran los muertos en la otra vida); los chunchos, los xietás, cainquás, los tupíes (que además de tomarla como infusión en una calabaza y filtrarla con sus dientes, la masticaban); los charrúas, que al traspasar el hábito de su consumo a los pobres uruguayos hicieron que añadieran la incómoda costumbre de circular con el termo bajo el brazo por todos lados, como también hacen nuestros compatriotas del litoral.

¿Se toma un mate? (Primera parte) Foto: Archivo   /  

¿Y por casa? La etnia Pampa, compuesta por los querandíes, puelches, piamches, talunets, divihets, chechemets, se acercaban a Buenos Aires a canjear cueros y plumas por “hierba del Paraguay”. Y los aymaras se ocuparon de difundirlo por nuestras tierras del Noroeste. Los mapuches, cruzaban la cordillera desde Chile para también canjear sus mantas tejidas por el apreciado producto.

De la colonia para aquí. Son numerosos los grabados del siglo XVIII y XIX que muestran escenas gauchescas o ciudadanas donde el mate es parte de la escena.

Sarmiento se quejaba del sedentarismo de las mujeres patricias argentinas, que se limitaban a pasarse el día sentadas, tomando el mate que les cebaban sus mucamas.

Es más, en un viaje a Malvinas presencié un diálogo de una historiadora local con el inolvidable Comodoro Juan José “Cadete” Güiraldes, en el que lo consultaba sobre un grabado que mostraba un gaucho federal tomando no sabía que cosa en un cuerno vacuno. La dama, en su rigor histórico no reparó en que la escena correspondía a uno de los gauchos que fue con Vernet a poblar las islas antes de que llegaran los ciudadanos británicos e “invitaran” a retirarse a los argentinos que merodeaban por aquellos páramos…En fin.

Los metidos de siempre. A finales de siglo XVI y comienzos del XVII hubo un cura llamado Mariano Lorenzanos que ejerció el antiguo y deplorable rol de batidor, y le cuenta al rey Felipe III, que el mate es un vicio deplorable, a punto tal que en esta parte de las colonias se estaba consumiendo un kilogramo de yerba por día y por persona. Lo que entusiasmó al rey, porque inmediatamente le aplicó gabelas de todo tipo para allegar recursos a la corona. Y encubrió su mera intención recaudadora, con varias disposiciones complementarias que supuestamente tendían a evitar la explotación de los indios en los yerbatales.

¡Otra vez los jesuitas! Como alumno que fui del Padre Guillermo Furlong S.J., sé que los jesuitas estaban en todo por estos parajes, y es por eso que en el siglo XVII comienzan con la plantación de yerbatales, que hasta ese momento se cosechaban a partir de las plantas silvestres que crecían por todos lados en nuestro litoral. Son los yerbatales los que dan origen a las reducciones que se llamarían San Javier, San José, Concepción, Santa María la Mayor, Mártires, Apóstoles, Loreto, San Ignacio, Santa Ana, Candelaria o Corpus.

A monopolizar. El negocio era floreciente, habida cuenta que desde 1609 se dispone que la Compañía de Jesús tuviera el monopolio del cultivo de la Ilex paraguayensis , que para hacerlo más eficiente, los discípulos de San Ignacio arrasaron con todos los yerbatales que no estuvieran dentro las reducciones controladas por ellos. Lo que se dice, eran una monada para los negocios, estos santos varones…

Cambia, todo cambia. Como dice la canción, viene Carlos III y en 1767 dispone la expulsión de los jesuitas de España y sus colonias. Por estos lares se hace efectiva entre los años 1773 y 1774, lo que termina con el monopolio de este cultivo, que a ese momento contabilizan 198 mil árboles de yerba en producción en solo las 8 reducciones que estaban establecidas sobre la costa del río Paraná.

Hábito local. Es interesante preguntarse por qué no llegó el hábito del consumo a Europa. Toda esta estructura de producción se orientaba exclusivamente al consumo regional. Y en nuestro caso en particular el último registro de 1999 indica que existían 145.000 hectáreas plantadas de yerbatales.

¿Se toma un mate? (Primera parte) Foto: Archivo   /  

Uruguay. (Antes de que algún ciudadano oriental piense en enviarme los padrinos, aclaro que la información sobre este país la he extraído de textos de autores orientales). El Uruguay es un caso aparte por la difusión profunda que tiene el consumo del mate, a punto que encabezan la media de nuestro continente con 8 kilogramos per cápita y por año.

En 1763, un tal abate Pernetty hace una crónica de la época y describe: “…los españoles de Montevideo son muy ociosos, ellos no se ocupan más que de conversar juntos, tomar mate y fumar un cigarro…”. Ciertamente, una descripción que, quiero creer, no se debe haber ajustado a la realidad…(disculpe el lector mi falta de coraje…). O quizás la cosa tenga que ver con el pensamiento de Maquiavelo: Ognuno vede quel che tu pari: pochi sentono quel che tu sei (Todos ven lo que aparentas: pocos advierten lo que tú eres).

Buque escuela. Uruguay tiene un buque escuela que se llama Capitán Miranda, que suele realizar un periplo por el mundo que le insume unos 225 días. En los registros de 1999 consta que cargaron para 82 tripulantes 400 kilos de dulce de leche y 1000 kilos de yerba, entre muchas otras cosas. Seguramente los guardiamarinas orientales matearon de lo lindo.

Continuará. No hay caso, por más esfuerzo que uno haga, el tema del mate, si lo quiere tratar en serio, hay que hacerlo por partes, porque fíjese, historias van, historias vienen, y todavía ni siquiera hemos puesto a calentar el agua, así que la seguimos en la próxima. De todas formas no se aleje mucho de la columna, arrime su banquito aquí a la matera, caliente un poco sus manos en el rescoldo donde está la pava, váyase comiendo una torta frita, que en una semana la seguimos.

Artículo extraído de La Nación , por Alejandro Maglione. 24-07’09

¿Bombón decías?

julio 20, 2009

Eh, Bombón …

¡Eh, bombón!

Tienes piel de melocotón

Y un sabor más dulce que el azúcar.

Regálame tu mirada que me dejaste con las ganas

de mirarte cuando nadie nos miraba.

Recuerdo aquel momento en que pedí

que fuera eterno

me llegaba

 cuando suspirabas

el perfume de tus labios a mi cara.

¡Eh, bombón!

 Tienes piel de melocotón

 Y un sabor más dulce que el azúcar.

Regálame tu sonrisa

 y te prometo que la vida

 la pasaba escribiéndote baladas.

Y te cambio un beso

 por un cachito de universo

y mi alma te la cambio por nada

sólo pido tu sonrisa y tu mirada.

¡Eh, bombón!

Tienes piel de melocotón

Y un sabor más dulce que el azúcar.

¡Eh, bombón!

Tienes piel de melocotón

Y un sabor más dulce que el azúcar.

 Oye moreno tú tienes piel de melocotón

Y un sabor mas dulce que el azúcar.

¡Eh, bombón!…

 

 

Deojananá.

Terrazas de verano. Brisa marina. Martini, cubata, mojito o refresco para empezar.

Hay tiempo.

Ahí sentados aquellos dos, indiferentes a todo. Adoran sentirse enamorados. Sentirse el uno para el otro. Tal para cual. Como la llave indicada para esa cerradura. La combinación perfecta. Se aman, se desean, y se pertenecen. Un solo corazón. Dos en uno. No pueden vivir el uno sin el otro.

No es amor adolescente.

No son las penas del joven Werther.

No es pasión ciega.

Es posesión mortífera que anula, impide,  silencia, bloquea, coarta salir de la placenta.

¿la bolsa o la vida?

 

 

Every Breath You Take

 Every breath you take

Every move you make

Every bond you break

Every step you take

 I’ll be watching you

Every single day

Every word you say

Every game you play

 Every night you stay

 I’ll be watching you

Oh, can’t you see

You belong to me

How my poor heart aches

With every step you take

Every move you make

Every vow you break

Every smile you fake

Every claim you stake

I’ll be watching you

Since you’ve gone

 I been lost without a trace

 I dream at night

 I can only see your face

I look around but it’s you

 I can’t replace

I feel so cold

and I long for your embrace

I keep crying baby, baby, please…

 Oh, can’t you see You belong to me

How my poor heart aches

With every breath you take

Every move you make

Every vow you break

Every smile you fake

 Every claim you stake

 I’ll be watching you

Every move you make

 Every step you take

I’ll be watching you

 I’ll be watching you

 I’ll be watching you

I’ll be watching you

 I’ll be watching you…

 

Police. Sting. “Every breath you take”

El beso

julio 19, 2009

“Mi prometida era mucho menos fea de lo que yo había creído y, al besarla, descubrí su mayor belleza: ¡su rubor!. Allí donde yo besaba surgía una llama en mi honor y yo besaba más con la curiosidad del experimentador que con el fervor del amante”

La conciencia de Zeno. Italo Svevo

Y hablando de todo un poco, llegó el turno a la patria. Y con ello, los recuerdos de los próceres, los conquistas, los valores, los himnos, las fronteras, los festivos, las insignias, los tratados, los acuerdos…

Y lo que no se dice ni escribe.

“Mi patria es la infancia”  pronuncióse alguien. “Bueno…no es frase mía, es de alguien que la tomó de otro y este otro a saber de quién”, continuó excusándose

Y saltó una Peter Pan de algunas décadas con vocecita de apenas una: “pues entonces, mi patria son mis abuelos…esa es la infancia que quiero recordar”

Y apareció Etelvina, la primera muñeca con 8 años. Aún existe. Sin su ropita original, claro está. Pelo cortado al 1. Tosco. Lleva un pañuelito blanco con flores en la cabeza que mejora su aspecto. Etelvina de Jacinta Pichimahuida. La señorita de la tele de una clase de niños revoltosos. Etelvina la de Jacinta Pichimahuida era rubia rizada de ojos azules. Ésta otra, castaña. Etelvina de Jacinta Pichimahuida era tristemente engreída, pedante, soberbia, elitista, materialista, egocéntrica. Etelvina de Jacinta Pichimahuida siempre rodeada de niños. Se sentía “vacuamente” infeliz. Entretanto, la del modesto pañuelito, era noble, generosa, altruista, sencilla, discreta, tímida y reservada. Con mucho para dar.

A veces, sin mirar a quién

 

Pintura: Sandra Piterman

Raíces trasplantadas

julio 17, 2009

 De mi tierra bella, de mi tierra santa
oigo ese grito de los tambores
y los timbales al cumbanchar
y ese pregón que canta un hermano
que de su tierra vive lejano
y que el recuerdo le hace llorar
una canción que vive entonando
de su dolor de su propio llanto
y se le escucha penar.
La tierra te duele, la tierra te da
en medio del alma, cuando tú no estás
la tierra te empuja de raíz y cal
la tierra suspira si no te ve más…
La tierra donde naciste no
la puedes olvidar, porque tiene tus raíces
y lo que dejas atrás.
Siguen los pregones, la melancolía
y cada noche junto a la luna
sigue el güajiro entonando el son.
y cada calle que va a mi pueblo
tiene un quejido, tiene un lamento
tiene nostalgia como su voz.
y esa canción que sigue entonando
corre en la sangre y sigue llegando
con más fuerza al corazón…
Tiene un quejido…mi tierra
tiene un lamento…mi tierra
nunca la olvido…mi tierra
la llevo en mi sentimiento, si señor
oigo ese grito…mi tierra
vive el recuerdo…mi tierra
corre en mi sangre…mi tierra
La llevo por dentro como no
canto de mi tierra bella y santa
sufro ese dolor que hay en su alma
aunque estoy lejos yo la siento
y un día regreso yo lo sé
Fuente: musica.comGloria Stefan, Mi tierra

Asignaturas pendientes

julio 16, 2009

No todo se puede

cuando uno elige, gana. Y a la vez, pierde.

Cuando uno elige una carrera, renuncia a las demás.

Elegir es siempre ganar y a la vez siempre es perder

Elegir es correr el riesgo

Asignaturas pendientes.

Pendientes no significan canceladas.

Se pueden realizar aún,  muchas de ellas.

Pero cuidado:

No sobreestimemos lo que no fue como recurso neurótico para desvalorizar lo que sí es:

Para desvalorizar lo que tenemos:

Para desvalorizar lo que somos

No utilicemos el pasado para melancolizar el presente

Es tan importante intentar cumplir nuestros sueños, como valorar nuestros logros, y nuestras elecciones anteriores.

Si lo que no hicimos fue por miedo y eso aún nos pasa…

Entonces a ponernos a trabajar en eso!

No sirve escudarse en excusas:

Las excusas son siempre cobardes:

Aún equivocándose, se gana:

Vale la pena jugarse 

 

Amor, sexualidad, aceitunas verdes y deseo. Pablo Guañabens

Pueblitos de girasol

julio 16, 2009

 

Allá lejos y hace tiempo. Una esquina cualquiera.

“Un río de cosas fluye entre las manos; nos movemos entre bosques de cosas vistas y no vistas, nos refugiamos en ellas, las dejamos que vayan poco a poco ocupando los espacios más privados de la vida, los más íntimos, el cajón del escritorio y el de la mesa de noche, los armarios, los altillos a los que sólo se accede tanteando a ciegas, cada palmo de la casa, cada superficie. El río de las cosas llega a las manos y se va de ellas en una corriente que no cesa nunca, y en cuya permanencia nadie repara: cuántas cosas has tocado, guardado, escogido, descartado, a lo largo de un solo día; cuántas, ya innumerables, en una sola semana; cómo sería haber conservado todas y cada una de las cosas que has tenido fugaz o perdurablemente en el tiempo de toda tu vida: qué armarios harían falta para amontonarlas, qué salas para exponerlas metódicamente, quizás en orden cronológico o en orden temático, sin olvidar ninguna, sin establecer jerarquías, sin empeñarse en esa superstición tan humana, la de corregir el pasado.

El río de las cosas llega a las manos y se va de ellas en una corriente que no cesa nunca, y en cuya permanencia nadie repara. Song Dong ha creado una obra de arte memorable reuniendo las cosas que acumuló su madre a lo largo de los años más difíciles del comunismo

Sería como escribir una alucinante autobiografía sin palabras, un archivo de cada momento del pasado. Tengo un amigo, miope desde niño, que guarda en una gran bolsa de plástico todas las gafas que ha llevado en su vida, desde el primer par que le pusieron, que le hará acordarse de la extrañeza de verse en los espejos y de la melancolía de aguantar las bromas crueles en la escuela. Gafitas, cuatro ojos, capitán de los piojos. El río de las cosas es una catarata que se despeña permanentemente en el olvido, y cada uno de nosotros va dejando tras de sí un rastro que sería larguísimo y revelador si pudiera seguirse en su integridad, con ese cuidado con que los paleontólogos exhuman, rozando el suelo de un yacimiento con instrumentos tan delicados como pinceles, las huellas mínimas de una presencia humana de hace muchos milenios: no sólo un cráneo, unas piedras talladas o unos útiles de hueso, sino también las esquirlas de la piedra y los restos del carbón de una hoguera, el polen fósil que permitirá imaginar con solvencia las especies de los bosques que aquella gente habitaba. Uno vuelve a la casa familiar de la que se marchó a los veinte años y encuentra en ella un yacimiento de memoria mucho más fehaciente que cualquier recuerdo. Como una cueva prehistórica clausurada por un derrumbe, los cajones de una cómoda o de una mesa de noche o los libros que nadie ha movido de la estantería conservan indicios materiales que de otro modo se habrían perdido: una revista que compré en 1977, un mechero desechable con el letrero de un bar que dejó de existir hace mucho tiempo, un cuaderno de apuntes que debí estudiar con ahínco culpable la noche antes de un examen del que no me ha quedado ningún recuerdo. Pero más inquietante es abrir baúles, maletas que son en sí mismas reliquias de largas noches en tren y que contienen, inesperadamente, un par de zapatos gastados por caminatas de hace muchos años, una chaqueta con ese corte deplorable que adquiere siempre la ropa cuando se ha pasado de moda pero todavía no se ha vuelto pintoresca, o no ha sido ennoblecida por un cambio caprichoso de gusto. Quién resistirá la tentación de buscar en los bolsillos, queriendo encontrar en ellos un objeto decisivo en el que estaba escondida la clave del pasado, encontrando, si acaso, una entrada de cine o un lápiz, un cigarrillo reseco que perteneció a aquel fantasma improbable que vestía esa chaqueta en la cual era raro que faltara un paquete de tabaco.

A Andy Warhol le gustaba guardar lo que él llamaba time boxes: cajas en las que atesorar vanamente las cosas cotidianas de la vida queriendo amansar el río desastroso del tiempo. En China, hacia los mismos años en que Warhol inventaba el reino frívolo y gustoso del pop, prolongando en el fondo una tradición muy americana de celebración de lo terrenal y lo común, muchas personas lo guardaban obsesivamente todo no por fetichismo de los objetos ni por resistencia vana al paso del tiempo sino por pura necesidad. La Revolución Cultural, que tanta admiración despertaba entre los desnortados y malcriados hijos de la prosperidad en Occidente, fue un metódico cataclismo que arrasó con todo, y que forzó a la gente pobre al remedio extremo de no desprenderse nunca de nada. No Desperdicies, era la consigna. Llegado el momento la cosa en apariencia menos valiosa o más precaria podía servir para algo: una bolsa de plástico, un manojo de llaves oxidadas, el recipiente de cartón de una docena de huevos, el de un yogur, una pila agotada, un cordón de zapato, una muñeca de plástico, un trozo de cable, el tapón de un bote de refresco.

La vida está en las cosas. En Nueva York, ahora mismo, en el atrio central al que dan las nuevas salas del MOMA, el artista chino Song Dong ha creado una obra de arte memorable reuniendo y ordenando las cosas que acumuló su madre a lo largo de los años más difíciles del comunismo, las que siguió conservando cuando la vida se hizo un poco más fácil y cuando llegó por fin una extraña y caótica prosperidad que de algún modo era tan arrasadora como lo había sido la Revolución Cultural. Como tantas personas que han padecido mucho, la madre de Song Dong no tenía mucha confianza en la solidez del porvenir: todo podía cambiar de nuevo de un momento a otro; la destrucción que en otro tiempo se había cebado en las vidas de los pobres en nombre del paraíso comunista ahora aniquilaba sus barrios y sus formas de convivir y sobrevivir para hacer sitio a los edificios ingentes de los Juegos Olímpicos.

De cuántas cosas está hecha la biografía de una sola persona. La instalación de Song Dong es un monumento funerario y también un minucioso museo. La pasión acumulativa de la madre ya muerta la ha convertido el hijo en un catálogo ordenado de cosas que conmueven más todavía cuando son más triviales: las filas de botellas de plástico con insignias chinas de refrescos; los tapones componiendo cuadriláteros como los de un juego de damas; los embalajes de cartón que nunca fueron desechados componen ahora la maqueta de una ciudad fantástica; los pares de zapatos trazan el hilo entero de una vida desde los primeros pasos infantiles hasta la edad adulta; cuatro televisores sucesivos son el salto de la tosquedad tecnológica al mundo de ahora; una hilera de relojes baratos de plástico es el tictac del tiempo que ha ido latiendo en la muñeca sin que uno reparara en su paso. En sus cajas de cartón los lápices de colores están gastados a diversas alturas, y alguna de ellas será la última que un niño usó antes de abandonar para siempre la escuela. En cada uno de esos teléfonos habrá un rastro de las voces que alguna vez se escucharon gracias a ellos, un recuerdo congelado del miedo que alguien debió de sentir cuando sonara un timbrazo en mitad de la noche”

 Gracias Gise.

La vida en las cosas. Fuente El País. 11 de Julio de 2009.

No sabe no contesta

julio 9, 2009

A menudo me recuerdas a alguien,
tu sonrisa la imagino sin miedo.
invadido por la ausencia
me devora la impaciencia,
yo sí quiero conocerte y tú no a mí.
ya sé todo de tu vida y sin embargo
no conozco ni un detalle de ti.
el teléfono es muy frío,
tus llamadas son muy pocas.
me pregunto si algún día te veré. 

por favor.
dame una cita
vamos al parque,
entra en mi vida,
sin anunciarte.
abre las puertas,
cierra los ojos,
vamos a vernos,
poquito a poco.
dame tus manos,
siente las mías,
como dos ciegos,
santa lucía, santa lucía, santa lucía.
a menudo me recuerdas a mí.
la primera vez pensé se ha equivocado,
la segunda vez no supe qué decir,
las demás me dabas miedo,
tanto loco que anda suelto
y ahora sé que no podría vivir sin ti. 

por favor...

Santa Lucía.   Fuente: musica.com