La toallita bordada para cuando venga el doctor a casa

febrero 6, 2010

Resoplas.  No quieres estar ahí, pero es paso obligado. Burocráticamente obligado. Y sí, en eso se ha convertido. Formalismo burocrático. Ahora más, desde que tiene ordenador para registrar los datos. Si antes apenas te miraba, ahora menos; no te mira a tí, sino a tu nombre que aparece en su monitor cuando termina de teclear. Y tú, estás ahí, transformada en suma de letras que hacen un nombre, una edad, un motivo de consulta,algunos síntomas al tuntún, y algún fármaco, ¿también al tuntún?. Ese es el final. Antes, sentada en la sala de espera. Delante dos señoras luciendo escaso pelo blanco, encuentran conversación con aquel caballero que se les sienta a su vera y que resulta ser el padre del vecino que suele prestarme pelis. Buenas, buenas. Y sí, qué se le va a hacer. Aquí nos encontramos todos. Intercambio verbal de cortesía. Continuamos con el pasatiempo. Ellos hablando , yo mirando mientras espero. Suena el teléfono. Un móvil de una señora sentada en la esquina. Nos hace enterar que tuvo un accidente y que irá pagando el coche poco a poco. Si están de acuerdo bien, si no, a juicio sin problema. Corta. Corta la llamada porque ella sigue. Es un monólogo en busca de acuse de recibo. Si hubiera un médico sólo para escuchar la soledad de tanta gente anciana, se quitarían tantas medicinas. Dice. Presto atención. No está tan equivocada la señora. Dice tener 42 años. Aparenta algunos más. Y sigue hablando. Por más que quiero dilucidar lo que dice, no logro hacerlo. Es una retahíla. Deduzco que es ella quien necesita un médico que la escuche, o en su defecto un conjunto de pacientes en una sala de espera. Entra un representante médico. Guapetón el muchacho. Espera por algún facultativo. Aparece la primera presa. Aunque el apresado termina por ser él. La doctora en cuestión, cerca de 15 o 20 años mayor que él, coquetea quitándole pelusas imaginarias de su chaleco. Se despiden y ella marcha sonriendo con la cabeza gacha y con un especie de temblor o excitación cefálica. Pasa una señora del barrio. Pantalón elastizado. Gordita ella. Tal vez 25 kilos de sobrepeso. Botas largas blancas. Pendientes  largos también blancos y gafas blancas. Como si desfilara luciendo modelito. Sale la enfermera. Lee la lista. Z primero, R después de Z, usted despues de R, etc. Sin darse cuenta nos constituye en un grupo. Nos hace mirar y aprender los nombres de los demás. Nos hace ejercitar la atención y la memoria también. Siempre hay más de uno que se olvida detrás de quién iba. Va pasando el rato. Te llaman. No hace falta que te revisen. Ya te revisó el otro día. Es que comiste algo que te sentó mal. Por eso terminas con gastritis, duodenitis, pseudoapendicitis, trastornos del sistema linfático, válvulas inflamadas. Te cuenta todo ese blabla que no te dice nada. Menos mal que cada vez tu médico te gusta menos que te terminas curando sola, que sino…

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